Futuros policías

Decodificando la entrevista para ser policía nacional: 03 – Tu cuerpo habla

La evaluación pasará del papel a la persona en el preciso instante en que llames a la puerta y cruces el umbral del despacho.

A partir de entonces, en esa sala, cada palabra, cada movimiento y cada gesto serán tenidos en cuenta para determinar si eres un candidato apto.

La cámara: el ojo que no importa

Desde hace algún tiempo, la entrevista se graba. Esta medida, que sobre el papel es una garantía jurídica para el opositor, a veces se convierte en un foco de distracción.

La conciencia de estar siendo observado puede propiciar que el candidato deje de comportarse con naturalidad y comience a actuar.

La postura se vuelve rígida, la voz se imposta y los gestos se contienen de forma artificial. Pero los entrevistadores no quieren evaluar una actuación, ya sea de fin de curso de primaria o digna de un premio Goya.

Cuando un candidato modula su discurso y sus formas pensando en cómo quedará registrado, está rompiendo el canal de comunicación real con las personas que tiene delante.

La capacidad de ignorar el dispositivo y centrarse en la interacción humana se interpreta como un signo de focalización y temple. La preocupación excesiva por la grabación, en cambio, delata inseguridad y una mente más pendiente de un futuro recurso que de convencer en el presente.

Manejo del espacio: protocolo y jerarquía

Como decíamos, la evaluación no empieza con la primera pregunta; comienza con el primer golpe que das en la puerta y el primer paso para entrar a la sala.

La forma en que el aspirante gestiona esos metros desde la puerta hasta la silla ofrece más información de la que parece.

Por otra parte, la disposición de los elementos en la sala tampoco es casual. La mesa marca una barrera de autoridad y, frente a ella, una silla solitaria en una zona de exposición total. Es un escenario diseñado para eliminar cualquier parapeto.

Aquí entra en juego la proxémica, el manejo del espacio. Entrar atropelladamente, acercarse demasiado a la mesa de los examinadores o sentarse sin haber recibido permiso son errores de protocolo básicos.

En una institución jerarquizada como lo es el Cuerpo Nacional de Policía, estos gestos no se leen como mala educación o nerviosismo, sino como impulsividad o falta de calibración social.

El saludo también actúa como termómetro. Si los examinadores ofrecen la mano, un contacto huidizo o excesivamente blando proyecta inseguridad. Por contra, un apretón demasiado enérgico se interpreta como un intento torpe de dominancia.

Lo que se busca es la firmeza serena: la de alguien que ocupa su espacio sin pedir perdón, pero que entiende quién ostenta la autoridad en esa sala.

El cuerpo hablando

Una vez sentado, mientras el cerebro racional se concentra en las respuestas, el cuerpo comienza su propia conversación, empezando por la propia postura en la silla.

Necesitas transmitir desde el inicio serenidad y seguridad y la mejor posición parar lograrlo es la de neutralidad activa: espalda erguida pero no rígida, manos visibles y una actitud de escucha atenta.

Pero a lo largo de la charla, con la atención puesta en lo que dices más que en cómo lo dices, nuestro cuerpo puede emitir señales inconscientes (que se conocen como ‘fugas’) que pueden dejar nuestro discurso en entredicho.

Las manos son las grandes delatoras. Esconderlas bajo la mesa se asocia a la ocultación. O cruzar los brazos, que se suele interpretar como una señal de barrera defensiva.

Los gestos adaptadores son aparentemente inocentes (tocarse el pelo, rascarse la nariz, ajustarse la ropa…) pero pueden señalar nerviosismo o, pero aún, falsedad en el discurso.

Si un candidato afirma ser una persona ‘muy tranquila’ mientras su pierna repiquetea de forma frenética contra el suelo, la evidencia visual resta credibilidad a sus palabras.

Una categoría de estos gestos de adaptación a la que los psicólogos suelen prestar mucha atención es la de los micro-picores faciales, a menudo asociados a la tensión que provoca mentir.

El acto reflejo de rascarse la nariz después de una afirmación comprometida puede deberse a muchas causas, pero una de ellas es que el estrés inconsciente que se genera en una persona que miente provoque una liberación de catecolaminas, que inflaman los tejidos nasales y generan así un leve picor.

Lo mismo sucede con el gesto de taparse la boca. Es un movimiento instintivo, casi infantil, como si la mano quisiera impedir físicamente que la mentira salga al exterior. Con la madurez, este gesto se refina y se puede mostrar como un leve roce en los labios o en la comisura.

Es crucial entender que ninguno de estos gestos es, por si mismo, una prueba definitiva de engaño. Pueden deberse al nerviosismo, a una alergia o a una simple manía o tic.

Por eso, un experto solvente y cualificado en lenguaje corporal, antes de sacar conclusiones sobre un gesto en concreto, observaría con detalle como te comportas y gesticulas en situaciones cotidianas y sencillas (tu ‘base-line’).

Por regla general, el tiempo de entrevista no permite grandes indagaciones previas. Por ello, cuando estas señales o gestos aparecen de forma recurrente y en sincronía con respuestas a preguntas clave, una luz ambar (si no roja) se enciende en los examinadores.

La biología de la voz

Existe una conexión directa entre cómo nos sentamos y cómo sonamos. Para comprobarlo, basta un simple experimento casero.

Intenta leer un texto en voz alta encorvado, con la barbilla pegada al pecho. Notarás que la voz sale fina, ahogada, sin fuerza. El diafragma está comprimido. Ahora, haz lo mismo con la espalda recta y el pecho abierto. La voz gana resonancia, profundidad y volumen de forma natural.

Los entrevistadores perciben esto de forma casi instintiva. Una postura expansiva no sólo proyecta seguridad visualmente; modifica la voz, haciendo que el mensaje se perciba más veraz y convincente. La autoridad no se finge con palabras, se construye desde la base física.

Y tú, ¿qué opinas?

Si quieres dar tu opinión o hacer algún aporte sobre las cuestiones que trata esta entrada, te leo en el apartado de comentarios y te invito a que compartas el artículo. ¡Gracias! 🙂

Javier del Molino

Crecí en el barrio de Pizarrales (Salamanca), lugar de nacimiento de un famoso delincuente: «el Lute». Pero yo elegí el otro bando. Por eso hoy escribo sin pretensiones de fama ni fortuna, pero con conocimiento de causa, sobre el bien y el mal, sobre policías y ladrones, sobre criminología y criminales…

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